Yo no voy al trabajo con un chaleco antibalas por si me disparan. Yo no salgo a la calle con un casco por si me tiran una piedra a la cabeza desde un balcón. No analizo la comida que me sirven en un restaurante antes de comérmela por si estuviera envenenada. Yo confío, confío en gente que no conozco, confío hasta el punto de poner mi vida en sus manos. Cualquiera podría apuñalarme al pasar por mi lado. Pero yo confío en que no lo va a hacer. Porque en la sociedad en la que vivo, el respeto a la vida es un valor fuerte y arraigado, matar es un acto que produce repulsa y rechazo, además de ser poco habitual. Tan poco habitual que a nadie le preocupa.
Yo no dejo la puerta de mi casa abierta. Yo no las cosas que he comprado en un lugar público y las recojo después porque no quiero cargarlas. Yo no dejo que la gente se marche sin pagar y que vuelvan al día siguiente. Yo no confío. No confío en la gente que no conozco para que respeten mi propiedad, o reconozcan voluntariamente el valor del servicio que presto. ¿Será que estos valores no están tan arraigados en mi sociedad?
Yo no dejo la puerta de mi casa abierta. Yo no las cosas que he comprado en un lugar público y las recojo después porque no quiero cargarlas. Yo no dejo que la gente se marche sin pagar y que vuelvan al día siguiente. Yo no confío. No confío en la gente que no conozco para que respeten mi propiedad, o reconozcan voluntariamente el valor del servicio que presto. ¿Será que estos valores no están tan arraigados en mi sociedad?
No hay comentarios:
Publicar un comentario