miércoles, 23 de mayo de 2012

IRREVERSIBLE

     Cuando un coche deja de funcionar, porque una de sus piezas falla, el mecánico lo arregla y el automóvil vuelve a arrancar. No se necesita un coche nuevo. No depende la solucionabilidad del tiempo que tardemos en llevarlo al taller desde que se estropea. Cuando una red eléctrica cae, se subsana el fallo y se restablece el suministro. Una nevera, un microondas, una lavadora, un ordenador... Todos estos artilugios pueden volver a la vida tras haber parado. No es que todas las máquinas sean "arreglables". El asunto está en que, si existe apaño, pueden volver a funcionar tras su percance.
     En los seres vivos, sin embargo, las averías son definitivas. Cuando un cuerpo humano deja de funcionar porque el corazón falla, no vuelve a ponerse en marcha aunque se le instale un corazón nuevo. Cuando la vida se apaga, es irreversible. En ocasiones no habría habido solución posible de todos modos, pero en otras sí. Una arteria obstruida que detiene la circulación sanguínea. Se desatasca, y a bombear. Sería tan sencillo... Los hospitales combinarían quirófanos y talleres.
    Pero no, los seres vivos somos siervos de la eterna constancia. Nuestra vida es ininterrumpida, una función continua, una sola carga de batería desde que se nos desconecta del cordón umbilical. Un sólo encendido, un sólo apagado. La mayor de las consecuencias para el mayor de los aprendizajes: el valor de la vida.
    Se trata de un castigo  olímpico, fuera de nuestros dominios. Podemos crear personas, células, sondas espaciales. Podemos imaginar avances increíbles, eternas juventudes, cánceres erradicados. Pero, ¿quién predice la reversibilidad de la muerte? Intuitivamente, sabemos que hay algo en ella que no podremos controlar, que será cada vez más evitable, pero nunca reparable. Falta de oxígeno, daño de tejidos, paro cerebral... ¿O algo que escapa?

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